28.2.06

Bésame mucho (Raquel)

Llueve en Madrid y todo el mundo decide ir en metro de vuelta a casa. Estoy cansada. En el curro todo eran prisas, todo tenía que estar listo para antes de ayer. En fin, al menos ya he terminado y el metro está aquí.

Empieza el show: me pongo los cascos para aislarme de esa masa de humanidad, que desprende calor, olores y humedad, y no hago más que cerrar los ojos cuando una melodía (¿a eso se le puede poner la etiqueta de melodía? en fin) empieza a atacarme los nervios. Unos señores, que me trajeron a la mente la imagen de Tiburón en Moonraker por la cantidad de metal que enseñaban al sonreír, golpeaban sin piedad un acordeón que gritaba los acordes de "Bésame mucho". Y no todos los acordes, sólo los que pertenecen a la primera estrofa. Sin poder evitarlo, la letra acude a mi mente. Y yo sin poder escuchar mi música porque por más que suba el volumen tengo la imagen de Sara Montiel en mis oídos (¿se puede tener una imagen en los oídos?).

El del acordeón me mira y me sonríe... "como si fuera esta noche la última vez". Desde luego, pienso, que si tuviera que besarte me encargaría de que fuera la última vez. De hecho evitaría cualquier primera vez.

La voz de ofertas de supermercado Día anuncia la próxima parada. Los músicos titiriteros, a los que sólo les falta la cabra, improvisan un final para la música y uno de ellos, el más pequeñito y arrugado, el de la sonrisa más brillante y dorada, nos acerca un vaso del burger king con algunas monedas. Creo que alguien les enseñó la famosa frase de "dinero llama a dinero". Menea el vaso para hacer tintinear las monedas y que hagan su función de atracción. Obviamente yo no les doy un duro: a mí esa música no me gusta y además no la he pedido, me niego a pagar por algo que no he solicitado. Sólo dos personas en todo el vagón dejan caer alguna moneda (o similar) en el vaso. El hombrecillo susurra un "Gasias, muchas gasias" y sale corriendo del vagón en cuanto se abren las puertas, tirando del amplificador y seguido del hombre del acordeón.

Todos los del vagón suspiramos al cerrarse las puertas y escuchar de lejos la música. No podemos dejar de sentir pena por esos compañeros del vagón contiguo que tendrán que aguantar a los músicos durante una parada eterna. Decido aprovechar el tiempo que me queda para escuchar mi música. Me pongo los cascos y el resto del mundo desaparece. ¡Qué satisfacción!

3 comentarios:

Pam dijo...

"No podemos dejar de sentir pena por esos compañeros del vagón contiguo". Yo más bien sentiría pena por esas dos personas que deambulando entre vagones intentan ganarse un duro civilizada y honradamente.

PAM

Anónimo dijo...

"Si tuviera que besarte me encargaría de que fuera la última vez. De hecho evitaría cualquier primera vez."

Las frases que mas me han gustado de todo que has escrito hasta ahora en este blog.

Anónimo dijo...

No tengo nada en contra de esa pobre gente que solo quiere ganarse unos duros. Además, si no existieran los músicos del metro, el dia a dia sería un poco más gris, si cabe...