6.2.06

La cama de mi abuela (Eugenia)

Las sombras de la habitación bailan al son del crepitar del fuego. A pesar de la chimenea encendida, la habitación está helada y siento la nariz fría. El peso de las mantas impide que me mueva y ni siquiera el cuerpo de mi hermana, profundamente dormida a mi lado, me ayuda a despejar este desasosiego.

Hemos llegado esta mañana, muy pronto. Mis padres nos han traído a la casa para que pudiéramos conocerla antes de venderla. Mi abuela, que vivió en ella casi toda su vida, murió hace una semana y jamás llegamos a conocerla. Nunca había visto fotografías de ella, no habíamos hablado nunca. Cada vez que en mi casa se la nombraba, una riada de preguntas nos arrastraba a mi hermana y a mí a situaciones tensas con mis padres. Pero nunca recibíamos las respuestas necesarias, nunca las respuestas suficientes para comprender el porqué de aquel silencio.

Mientras mis padres iban al notario, Laura y yo hemos estado en la casa con Santiaga, la señora que ha cuidado de mi abuela y de la casa desde que era pequeña. Esta anciana nos ha estado contando los secretos de la casa y, precisamente por ellos, más bien por uno de ellos, ahora no puedo dormir.

Esta habitación es el dormitorio de soltera de mi abuela. Aquí durmió durante un mes antes de casarse con mi abuelo. El dormitorio fue un regalo de bodas, de sus suegros, quienes mandaron traer la cama y la talla de madera de América. Cuenta la leyenda que el barco en el que viajaron estos objetos se convirtió en un barco fantasma, que atracó en puerto sin alma viva en su interior debido a la peste que se propagó durante el viaje. Nadie puede explicarse cómo llegó a su destino sin contratiempos y sin nadie que lo gobernara.

Por el temor a la peste, todos los restos del barco fueron quemados, menos la pesada cama de noble madera y la talla de la virgen. Mi abuela durmió en esta cama durante un mes, y se pasó casi toda su vida enferma de unas raras fiebres que la hacían delirar. Según Santiaga, nadie más ha querido volver a dormir en ella debido a la leyenda de la peste que convirtió al barco en un fantasma. Y ahora estamos aquí Laura y yo, ella dormida ajena a todo temor, y yo desvelada sin poder conciliar el sueño, sin querer dormir en esta cama y sin poder levantarme de ella porque alguien ha decidido que es mejor que mi silla de ruedas descanse en la habitación de al lado. Donde descansaba la silla de ruedas de mi abuela.

2 comentarios:

amelche dijo...

Me parece un poco cruel que no le dejen la silla de ruedas al lado.

María García-Puente dijo...

¿Verdad? Deberían cortarles la cabeza (Firmado: la reina de corazones)