Me gustan los recuerdos que, ahora que lo pienso, han sido los que han incidido tanto en la persona que soy ahora. Me refiero, sobre todo, a los que me han impulsado a escribir.
Los primeros que tengo son de cuando era realmente pequeña, tendría cuatro o cinco años como mucho. Me sentaba, junto a mis primas, en el suelo, rodeando a la tía de mi padre que estaba sentada en el rojo y gastado sillón de orejas del salón. Nos contaba muchos cuentos, pero el que más nos gustaba era el del Tragaldabas. Creo que se lo pedíamos todos los días, y todos los días accedía a contárnoslo.
También me acuerdo de mi tío recitándome aquel poema de José Agustín Goytisolo (1928-1999) que tan fácil lleva a memorizarlo si lo entonas correctamente:
Érase una vez un lobito bueno
Al que maltrataban todos los corderos.
Y había también
Un príncipe malo, una bruja hermosa
Y un pirata honrado.
Todas estas cosas había una vez
Cuando yo pensaba el mundo al revés.
A mi madre leyéndome cuentos o contándome su infancia y adolescencia, pero con ella siempre han sido historias más cercanas en el tiempo, tal vez más cercanas a nosotras...
Y a mi padre contándome los cuentos de Finín y Finito. Supongo que son los típicos personajes que pasan de generación en generación, inventados por mi tía bisabuela (o eso es lo que me han contado), y que van viajando en el tiempo, de historia en historia, de generación en generación. Algún día tendré hijos -supongo, y sino algún sobrino- a quien le contaré los cuentos de Finín y Finito.
Pero las historias que siempre me han atrapado son las que me contaban mis abuelos, mis yayos, aquéllas que empezaban cuando yo les pedía: "Anda, ¡cuéntame algo de cuando eras pequeño!" Y así eran:
- Mi abuela Ada: la historia de cuando se cayó en una fuente y la rescataron agarrándola por los pelos. O del miedo que pasaba cuando tenían que ir a los refugios porque sonaban las sirenas antiaéreas durante la guerra civil...
- Mi abuelo Cándido: las historias de cuando era un niño y, montado a caballo, temblaba de miedo cuando las reses le pasaban rozando las piernas, allá en el pueblo. O cuando se fue de viaje de con mi abuela y volviendo de Ávila, montados ambos en una moto vespa, derraparon y se cayeron... menos mal que mi abuela había consentido en hacerse unos pantalones para la ocasión (el viaje en moto, no la caída).
- Mi abuelo Miguel: de él es de quien más historias tengo, puesto que fue con quien más tiempo pasé, sobre todo cuando ya estaba enfermo. Creo que tengo metida en mi cabeza toda su vida en anécdotas: su infancia con la familia, sus años de estudio en el colegio y después en la universidad, el laboratorio que se montó en casa para poder estudiar, sus vivencias en la guerra, en la juventud, su afición al baile, su trabajo como químico y luego como gerente de un restaurante...
- Mi abuela Carmina: con ella he tenido menos relación, pero recuerdo cuando me contaba sus paseos por la Plaza Mayor, siempre en círculo y en dirección contraria a los chicos, con los que se cruzaban y por quienes se ponían rojas cuando les decían cosas al pasar...
Y ahora yo estoy aquí, escuchando, recordando, escribiendo y pensando en ellos...
1 comentario:
Me recuerda un poco al post que he publicado hoy sobre las cartas de mi abuela.
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