3.5.06

Postales (Beatriz)

Siempre fue muy callado. Le costaba mucho demostrar sus sentimientos en público. Nunca le vi llorar, nunca reir a carcajadas. Sus frases solían ser cortas y directas y te las decía mirándote a los ojos. Sus muestras de cariño no eran más que meros gestos de asentimiento o una breve palmada en la espalda o su mano posándose en mi hombro durante pocos segundos. Pero tanta emotividad había en esos gestos que yo tampoco necesitaba palabras, tan acostumbrada estaba a los silencios y las miradas que lo decían todo.

Le veía muy pocas veces. Conducía un camión de mercancías y solía descansar en casa entre viaje y viaje. Normalmente pasaba con nosotros tres o cuatro días cada 15 ó 20. No era mucho tiempo y además tenía que compartirle con mis otros dos hermanos y con mi madre. Pero el poco tiempo que estaba con él me compensaba de sus ausencias. Nos entendíamos. A pesar de la supuesta frialdad de su comportamiento nunca sentí que no me quisiera.

Mi infancia fue feliz, esperando la llegada de mi padre tras cada uno de sus viajes. Esa llegada se anunciaba con una carta. Mi madre vivía pendiente del buzón. Cuando llegaba la carta significaba que en pocos días mi padre estaría otra vez con nosotros. Y mi madre calculaba, siempre con gran exactitud, el día exacto y se iba a la peluquería. Se arreglaba para mi padre. Mi madre nunca nos leía las cartas que enviaba papá. Sólo nos decía que había carta. Y a todos se nos iluminaba la cara. Cuando llegaba nos regalaba una postal. Siempre diferente aunque visitara los mismos lugares.

Pasaron los años y siempre fue igual. Mi madre se arreglaba cada vez que recibía la carta, y nuestra colección de postales aumentaba de año en año. Pero con nuestra entrada en la adolescencia, mis hermanos y yo nos fuimos distanciando de mis padres. Los tres salimos a estudiar a otras ciudades. Volvíamos a casa en vacaciones y allí teníamos esperando un nuevo montón de postales. Nosotros ya no vivíamos allí, pero mi padre seguía acordándose de nosotros, sin perder la tradición, comprando siempre una postal diferente allí donde fuera.

Ahora soy yo la madre, tengo un hijo que es un sol, pero que no pudo conocer a sus abuelos. Mis padres murieron hace unos años, primero mi madre; luego, de pena, mi padre. Hasta hoy no he podido abrir las cartas que mi padre enviaba antes de su vuelta de cada viaje. Mi madre las iba guardando, ordenadas, en el último cajón de su armario. Hasta hoy no he podido abrirlas porque no tenía fuerzas. Pero mi hermana y yo nos hemos quedado a solas en casa. Nuestro hermano se fue a vivir al extranjero y casi no le vemos. Pero no podíamos esperar más. Hoy era el día. Hoy fue el día.

Hemos descubierto que mi padre expresaba en sus cartas toda la sensibilidad y amor que tanto le costaba demostrar en público. Sus palabras son ligeras, pero a la vez profundas. Las imágenes que evoca de cada lugar son tan límpidas que es imposible no visualizar lo mismo que él veía al escribir la carta. Sus sentimientos vuelan entre las palabras, colándose entre nuestros dedos, jugando ante nuestra vista hasta deslizarse dentro del corazón, haciendo que la piel se estremezca y las lágrimas asomen, de felicidad y tristeza al mismo tiempo. Ahora comprendemos que mi madre nunca nos leyera en alto sus cartas, pues no se puede decir lo que entra directamente en el alma. Aunque lo intentes, una vez leídas, se interiorizan, quedan atrapadas y unidas a tus propios sentimientos. Y entiendes todo, y quieres que vuelva, volver a verle, abrazarle, ver su mirada serena.

Quieres volver a ser niña. Quiero esperar con ansia una nueva postal.

1 comentario:

Juanjo Ferrer dijo...

¡Qué complicado que es , a veces, expresar los sentimientos!