15.5.06

Tourette (Verónica)

El síndrome de Tourette (ST) es un trastorno neurológico heredado caracterizado por movimientos involuntarios repetidos y sonidos vocales (fónicos) incontrolables que se llaman tics. En algunos casos, tales tics incluyen palabras y frases inapropiadas. National Institute of Neurological Disorders and Stroke

Tomás, de siempre, me llamó mucho la atención. Sentía curiosidad. Cuando éramos pequeños nos reíamos de él. No queríamos ser sus amigos, jugar con él o hacerle partícipe de nuestras aventuras callejeras. Era raro. Y muchas veces sentíamos vergüenza ajena. A mí me ponía muy nerviosa que no dejara de subir el hombro derecho en un tic incontrolable. Este tic, a veces, era acompañado por otros movimientos e incluso sonidos.

Recuerdo la época en la que se pasaba el día insultando. Debíamos de tener unos 8 ó 9 años y Tomás pasaba por una mala época. Yo le veía muy nervioso. Sabía, por mi abuela, que era la dueña de la tienda de ultramarinos del barrio, que el padre de Tomás estaba enfermo. No trabajaba. Tenían problemas en casa. Con el tiempo comprendí que el padre de Tomás bebía demasiado. En esos meses los tics de Tomás se recrudecieron, aumentaron en número y variedad. Hasta entonces yo sólo le conocía el del hombro. Pero de repente empezó a mover también la cabeza en una negación casi continua, mecánica. Recuerdo -qué crueles éramos en nuestra inocencia infantil-, que nos pasábamos el día haciéndole preguntas para comprobar, entre asombrados y divertidos, cómo Tomás nos contestaba que sí a la vez que negaba con la cabeza. Se ponía muy nervioso, intentando controlar los movimientos involuntarios a la vez que comprobaba las risas de sus compañeros de clase. Y empezó a insultar. Palabras feas, palabras que nosotros decíamos a escondidas de los mayores, que utilizábamos como armas y demostraciones de nuestra "madurez". Tomás repetía estos insultos en una letanía corta, sin dirigirlas a nadie, acompañada a veces por el tic del hombro; otras veces, sólo eran las palabras. Normalmente eran dos o tres palabras feas, dichas seguidas, sin pausa, uniendo todas las sílabas: "putacabrónhijodemalamadre". Nosotros nos burlábamos de él imitando sus tics y sus retahílas. Muchas veces terminaba llorando, se iba a casa.

En el fondo a mí me daba mucha pena. Sentía curiosidad por él, por su comportamiento, y sabía que nos estábamos portando mal. La mirada de Tomás era limpia, no tenía maldad y, sin embargo, nosotros disfrutábamos haciéndole rabiar. Pero yo no podía dejar de actuar en masa, con mis compañeros de clase, amparada en la multitud, en el anonimato que me brindaba el grupo. Pero un día, en el parque, mi abuela observó todo. Habíamos hecho un corro alrededor de Tomás y entonábamos una canción en su honor. Él estaba sentado en el centro, mirando al suelo y tapándose los oídos. Esta vez las convulsiones de su espalda se debían a los hipidos de la llantina que le habíamos provocado. Mi abuela, mujer de carácter fuerte y corazón de oro, se acercó hasta nosotros. Nos mandó a todos a nuestra casa, dijo que hablaría con nuestros padres y les contaría cómo nos estábamos comportando con Tomás. Todos nos sentimos avergonzados. A mí me cogió del brazo y me señaló la tienda de ultramarinos: "Espérame en la tienda. Tú y yo tenemos que hablar". Sus ojos relampagueaban. Sentí culpa, sentí miedo. Con la cabeza baja y pensando en todo y en nada, me fui a la tienda. No me atreví a volver la vista, pero sabía que mi abuela estaba hablando con Tomás.

No tardó en volver. Venía con él. Había dejado de llorar, pero el tic del hombro y de la cabeza no habían desaparecido. Además, venía murmurando algo. Cuando se acercó, me di cuenta de que estaba insultando a mi abuela: "putacabrónhijodemalamadre". Mis ojos y mi boca se abrieron a la par, asombrados de que fuera capaz de decir esas palabrotas delante de mi abuela, y lo más increíble de todo es que mi abuela no le estaba regañando, no le decía, como a mí cuando decía algo inapropiado, que me iba a lavar la boca con jabón. Mi abuela sacó un taburete de la trastienda y le dijo a Tomás que se sentara ahí. Le ofreció una sonrisa tranquilizadora, le dio un bollo y un zumo y le dijo que merendara tranquilo. Llamó a la madre de Tomás y le dijo que su hijo estaba allí, que estaba merendando y que cuando terminara lo mandaría a casa. Luego, me dio a mí otro bollo y otro zumo, pero en su rostro no había ninguna sonrisa tranquilizadora. Me sentí más culpable todavía. Apenas sí pude murmurar un "gracias".

No habían pasado ni cinco minutos cuando apareció la madre de Tomás por la puerta. Estuvo hablando con mi abuela. De vez en cuando me miraban distraidamente, pero yo era consciente de que me estaban mentando. Tomás miraba a su madre, pero no se había levantado del taburete, se estaba terminando el bollo. Al poco, salieron de la tienda.

Mi abuela me miró, primero una mirada de enfado, dura, que se tornó triste a la vez que meneaba la cabeza y decía mi nombre: "Verónica, Verónica, niña mía". Cogió el taburete donde había estado sentado Tomás y lo puso a mi lado, se sentó y empezó a hablar conmigo. En voz baja. Me explicó que Tomás era un niño muy especial, que estaba enfermo y que necesitaba amigos. Que todo lo que ocurría a su alrededor era muy difícil y nosotros, sus compañeros de clase, teníamos que intentar ayudarle. Me explicó la enfermedad que padecía, sus síntomas, me dijo que él no podía evitarlos y que a veces no se daba cuenta de que los tenía. Me dijo que debía intentar hablar con él, ser su amiga, ponerme a su lado y no frente a él. Me costó mucho comprender que Tomás estaba enfermo. Para mí, una persona enferma era la que tenía fiebre, la que no podía salir de casa, la que sentía dolores. Pero mi abuela era una persona paciente, me lo explicó cien veces, de cincuenta formas diferentes.

Esa noche hablé con mi madre. Le dije que tenía un nuevo amigo, que se llamaba Tomás y que iría a merendar a casa a la tarde siguiente. Creo que ya había hablado con mi abuela, porque me dijo que sería perfecto, que le llevara sin ningún problema. Pero entonces me acordé de las palabras malsonantes que soltaba Tomás. Y tuve miedo. Tuve miedo de sentir vergüenza delante de mi madre cuando él la insultara. Y decidí que era el momento de contarle a mi madre que Tomás estaba enfermo. Y se lo dije. No sé si me expliqué bien, por eso creo que ella ya había hablado con mi abuela, pero me sirvió a mí para comprender qué le pasaba a Tomás. Me intenté poner en su lugar, en el de Tomás, para poder contarle a mi madre cuál era el problema. Al narrar sus síntomas, al intentar darle una razón a su comportamiento, me di cuenta de que Tomás sufría, no ya por sus síntomas, sino por nuestro comportamiento, el de sus compañeros de clase. Terminé llorando y mi madre diciéndome que no me preocupara, que lo importante era hacerle saber a Tomás que yo podía ser su amiga.

Han pasado varios años. Tomás y yo vamos al mismo instituto. Su enfermedad no ha desaparecido, pero gracias a algunos medicamentos ha mejorado bastante. Yo le ayudo a estudiar, normalmente en mi casa porque no podemos ir a la biblioteca. Conmigo se siente relajado y apenas tiene tics, o tal vez yo ya me he acostumbrado y no los noto. Es verdad que su vida no es perfecta, su padre un día se largó de casa y les dejó solos. Su madre se pasa el día trabajando, por la mañana es secretaria de una multinacional; por las tardes, contable de una empresa familiar. Casi no tenemos más amigos de verdad. Parece mentira cómo a los jóvenes, a los adolescentes, les cuesta admitir a gente diferente. He llegado a la conclusión de que es cuestión del ser humano en general. Cuando una persona ve un insecto feo, que pensamos que nos puede hacer algún mal como picarnos o ser venenoso, o simplemente porque es desagradable, tendemos a aplastarlo. Lo que nos da miedo lo eliminamos. Antes de pararnos a pensar si ese algo es inofensivo a pesar de su aspecto, el ser humano prefiere aniquilarlo. Entre nosotros, los jóvenes, es lo mismo. Es más fácil ridiculizar y obviar a alguien diferente que intentar comprenderle y ser su amigo.

Deberíamos planteárnoslo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Una historia muy bien contada y muy real. Los niños son muy crueles porque no conocen la buena educación, el respeto, la solidaridad. Actúan por instinto. Los adultos, si no existieran esas normas, nos matariamos unos a otros. Afortunadamente existen tambien personas cuyo buen corazon no alberga sentimientos negativos y parece que nacieron para hacer el bien, son angeles en la tierra.

Juanjo Ferrer dijo...

leyendo tu historia se me ha ocurrido una idea para otra...de alguna forma está relacionada. Ya te la cuento. Sigue escribiendo ;)