Morí. Suena raro, ¿eh? a ver quién más, además de yo misma, puede utilizar este verbo en pasado (pretérito perfecto simple, o pretérito a secas).
Tenía unos 20 años y más energía que una bomba atómica. En aquel entonces era feliz, no tenía problemas graves y ni siquiera se me pasaba por la cabeza que pudiera caer fulminada por el implacable dedo divino... Cualquiera que fuera la divinidad que se dignara a señalarme. Pero me pasó. Estábamos en el campo, un grupo de cinco amigos. Sentados alrededor de una fogata, que estaban prohibidas, pero bueno, fumar porros también y ya habían rulado tres, filosofábamos sobre el sentido de la vida, la necesidad de los jóvenes de abandonarse al onanismo al llegar a la pubertad y el porqué de las religiones para la humanidad.
Dicen que todo el mundo tiene diez minutos de gloria en su vida. Y aquéllos eran los míos. Todo el mundo me observaba. Yo, de pie; mis amigos, sentados. Yo hablaba, gesticulaba, les exponía mi teoría sobre lo innecesario de creer en un dios si podías creer en ti mismo. Para exprimir un poco más esos diez minutos ironicé sobre todas las divinidades de las que me acordaba en ese momento que, para el estado de embriaguez en el que me encontraba, no eran muchas. Y menos mal. Lo de "menos mal" es un decir, porque no podía haber habido un mal mayor. No bien hube terminado de soltar mi perorata el cielo se oscureció, un remolino de viento que surgió de no sé dónde apagó la fogata y todos los pájaros (si es que había, pero seguro que sí) enmudecieron, al igual que yo. Y recuerdo muy poco más. Ví la cara de mis amigos, entre asustados e incrédulos, mi amiga Merche chilló, para variar (siempre fue muy escandalosa) y salió corriendo. Juan se puso a llorar (¡pobre!) y Elena se desmayó. Sólo Javier tuvo tiempo de gritar: "¡Qué fuerte tío! ¡Que dios la ha castigado!" Como me consta que Javier es ateo, el dios al que se refiere va en minúsculas.
Creo que yo caí muerta en ese momento.
Olía a chamusquina y todo se volvió negro. Al principio pensé que era porque ya estaba muerta y ahora vendría ese momento tan famoso de la luz al final del túnel. ¿O era primero la visualización de mi vida por capítulos? Ni idea, el caso es que ni veía los mejores momentos de mi vida (hubiera estado bien verlos como si fuera un programa de "zapping" de la tele, o comentada como si fuera un episodio de "humor amarillo"), ni aparecía ninguna luz al final del túnel, ni sabía por qué había muerto. Oía voces ininteligibles. Pensé que eran mis amigos, o tal vez uno de los dioses de los que me había estado burlando unos momentos antes. Da igual, no conseguí enterarme de nada y, mientras tanto, empecé a aburrirme en esa oscuridad. Intenté ponerme de pie, pero no tenía cuerpo. Claro, ahora sería sólo un alma más desperdigada por el mundo. O un fantasma, que molaba más. Empecé a ponerme nerviosa: oía voces que no entendía, no veía nada y no me podía mover porque no tenía un cerebro que le diera órdenes a un cuerpo que, por otro lado, tampoco tenía. Decidí no desesperarme, total, ¿para qué?
Un tiempo más tarde, no puedo precisar cuánto, las voces empezaron a ser más inteligibles. Una voz de hombre parecía que estaba certificando mi muerte. Se empezó a aclarar mi visión. Ya no estaba en el campo, sino en una sala de aspecto aséptico. Me vi a mí misma (o lo que deduje que debía de ser yo) tumbada en una camilla ¿de acero?, de esas que salen en la tele con los muertos encima y que tienen pinta de estar heladas. Como en las pelis, del dedo gordo de mi pie derecho colgaba una etiqueta, como las que se les ponen a las piezas en el museo. ¿Me habrían inventariado?
Es curioso, ahora podía moverme por la sala, aunque no tenía cuerpo, pero podía pensar -o desear, porque tampoco lo pensaba- en llegar al suelo, y bajaba. O en elevarme, incluso intenté meterme en mi propio cuerpo y darle un susto de muerte al que tenía toda la pinta del mundo de ser el médico forense. Pero al acercarme y verme me dio un poco de asco y decidí no intentarlo. Así que me asomé por encima del hombro del médico y leí lo que estaba apuntando. Interesante. Había caído fulminada por un rayo y, como había ingerido una cantidad un tanto escandalosa de alcohol, había empezado a arder y tardé bastante en apagarme. Bueno, esa muerte no había estado mal. Habría sido peor morir por un resbalón en la calle (por culpa de una deposición canina) y golpearme la nuca contra la acera. O atragantada por un hueso de pollo. O podría haber muerto mientras dormía. Eso habría sido muy aburrido. Sin embargo mi muerte tenía algo de poesía: "muere fulminada por un rayo en la flor de su juventud", o "la fuerza de la naturaleza arrebata la vida a una joven promesa del..." Vaya, no sé en qué podría haber destacado si hubiera seguido viva.
El caso es que al poco tiempo escuché que mis padres estaban en la sala de espera. Buf, qué marrón. No me había acordado de ellos y me sentí un poco culpable. Pero se me pasó rápido porque ¿para qué? Ni me podía comunicar con ellos (en vida tampoco lo había conseguido), ni iba a arreglar nada sintiéndome mal. Me dio pena por mi perro, Ross, que siempre lo sacaba yo a pasear y ahora seguro que me iba a echar de menos. Pero luego empecé a pensar en las cosas buenas de la muerte: no iba a tener que mentir en la facul sobre las prácticas que no había hecho; no iba a tener que madrugar para ir a las clases que tanto me aburrían y a las que iba porque pasaban lista; no iba a tener que salir antes de casa ni llegar tarde sólo para evitar situaciones incómodas con mis padres, con quienes no me hablaba; no iba a tener que darle largas a Raúl inventando mil excusas inverosímiles para no quedar con él; no tendría que aguantar las reuniones anuales de mi familia en casa de mis abuelos paternos, donde todo el mundo me pellizcaba la mejilla y le decía a mi madre lo de "qué mayor está la niña" y "a qué universidad va", como si yo no estuviera delante.
Empezaba a gustarme la situación. Lo de ser un ente molaba. Me podía mover con total libertad, no tenía horarios, no pasaba frío o hambre y lo mejor de todo: no tenía que comunicarme. Eso sí, al final acabé aburriéndome. Lo de estar muerto está guay, pero todo tiene un límite. ¿Hasta cuándo iba a estar en este estado? ¿No había un más allá? ¿Un paraíso? ¿Una reencarnación? A lo mejor, como me había burlado de todas las religiones (o casi todas) el día de mi muerte, pues se vengaron de mí y ahora estaba perdida en el limbo.
Empecé a hacerme preguntas más trascendentales: ¿era la única (gilipollas) que estaba en este estado? ¿o habría más gente como yo deambulando por el universo sin nada que hacer? Si encontrara a alguien más podría irme de viaje. No había salido de mi ciudad desde que aparecí en la sala de autopsias. ¡La sala de autopsias! ¡Claro! Volvería allí y esperaría a otro muerto.
Y me reencarné. Esperé al siguiente muerto y era un chico de unos 27 años. Creo que su alma o lo que quiera que fuera ya se había largado. No era muy guapo, pero tampoco feo. Causa de la muerte: ataque al corazón. Ya le vale, a los 27 y morir de un ataque al corazón. Al menos el físico no se le había deformado como a mí. Intenté entrar en el cuerpo como había visto en las pelis y ¡voilà! Allí estaba yo, sintiéndome otra vez viva, con cuerpo. Primero noté que estaba cansada, me pesaba mucho el cuerpo. En mi cabeza se mezclaban mis pensamientos con los del chico al que había invadido. ¡Qué raros son los tíos! Aunque en ese momento comprendí muchas cosas de ellos. Escuché la voz del médico y decidí abrir los ojos e intentar incorporarme. El de la bata blanca se desmayó y volcó un carrito lleno de instrumentos. El estrépito hizo que varias personas entraran en la habitación. Yo estaba aturdida, sentada en la camilla. Casi nadie pudo reaccionar al verme, menos un médico (creo que todos eran médicos, pero bueno) que se acercó a mí y me preguntó qué tal estaba. "Viva", respondí. Me hizo tumbarme de nuevo y creo que perdí el conocimiento.
Cuando volví a despertarme me encontraba en un hospital. Una señora, que no conocía de nada, lloraba al lado de mi cama. Al rato, el pensamiento del chico al que estaba poseyendo me dijo que era mi madre, bueno, su madre. Y me acordé de todo. Que yo era Cecilia, que había muerto y había resucitado. Y que ahora era un tío. Lo siento, pero tenía mucha curiosidad y me toqué. Jeje, así que "eso" era lo que sentían los chicos cuando se tocaban... pues no estaba mal, no señor. El movimiento de mi mano hizo que la señora me mirara. Empezó a llorar más fuerte y se abalanzó para abrazarme. El médico entró en ese momento. Yo estaba muy aturdida (aturdido) y creo que volví a quedarme dormida (dormido).
Pasé una buena temporada en el hospital. Salí en todos los periódicos y me hicieron infinidad de pruebas. Obviamente dijeron que sufría amnesia, porque no me acordaba de nada... de hecho, los pensamientos del chico iban siendo cada vez más débiles hasta que desaparecieron. No así los instintos naturales, porque se me iban los ojos detrás de todas las enfermeras. Me aprendí el nombre de mi madre (la que sería mi madre a partir de ahora), me enteré de que no tenía padre porque nos había abandonado cuando yo era un crío -qué cabrón-. Tenía el título de arquitecto, aunque dudo que jamás pueda ejercer porque no sé nada de dibujo y de esas cosas que hacen los arquitectos. Y además ahora ya no soy Cecilia, sino Ramón. Y esta es mi nueva vida. ¡Mola!
2 comentarios:
Tanto miedo que le tenemos a la muerte e igual no es tan terrible. Hoy dia estamos tan sobreprotegidos que tememos mucho que nos arrebaten la vida. Otros pueblos, quizás menos desarrollados, están más habituados a la muerte y la aceptan como algo natural, no la temen, ¿serán más felices?. Me gusta mucho el enfoque cómico que le das al tema.
Si yo muriera no se que pasaría, pero creo que lo que más sentiría es el dolor que causa mi ausencia en las personas que me quieren: mi familia, mis amigos ... De todas formas, hay personas que aun viven y para mi murieron ya hace tiempo, y personas que, estando muertas, su memoria perdura y siguen vivas.
Estoy de acuerdo con Javi, sobre todo, en la última línea.
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