31.5.06

Paranoia (Gabriela)

El señor con el que me acabo de cruzar se me ha quedado mirando. ¿Llevaré la bragueta abierta? ¿Me he maquillado mal y voy dando el cante? ¿Llevo los zapatos de diferente color? A ver... pues no, zapatos y bragueta perfectas. No puedo comprobar ahora el maquillaje, a ver si llego a un escaparate y me miro disimuladamente. En fin, parece que algunos más me miran pero nadie me presta mucha más atención.

Semáforo en rojo. A esperar. Las dos chicas que están a mi lado se están riendo y una de ellas me ha mirado de reojo. ¿Por qué? ¡No entiendo nada! ¿Estaré despeinada? ¿Me conocerán de algo? A lo mejor es que me conocen y saben algo de mí y es por eso que se ríen. Tal vez sea por lo del bar del otro día. Creo que voy a tener que dejar de beber en sitios públicos y sobre todo si luego me da por cantar "La gallina Caponata". ¿Y si me grabaron con las cámaras de seguridad del bar y han difundido el vídeo por Internet? ¡Joder!

En verde. Ya puedo cruzar, a ver si las pierdo de vista.

Puede que me reconozca la mitad de la gente con la que me estoy cruzando. ¿Y qué hago? Puede que me haya hecho famosa y ahora tengo que tener cuidado, me secuestrarán o me empezarán a fotografiar en cada momento de mi vida y luego me extorsionarán. Tendré que hacer que todo el mundo olvide mi pasado, tendré que escoger muy bien a mis amigos, cuidar muy bien de lo que hago y delante de quién lo hago... ¡¡Ese señor también me está mirando!! Creo que no puedo soportar la fama. ¿Y si me voy a algún país sudamericano -por el idioma más que nada- y empiezo una nueva vida? Seguramente los paparazzis me persigan y me hagan la vida imposible.

Tengo que subir por esa calle, pero en el portal que hay ahí enfrente hay un grupo de chicos que me miran. Se están dando codazos y se ríen. Está claro que están hablando de mí. No puedo pasar por ahí. Tendré que cruzar para evitarles. Tengo que aprender a salir de casa con las gafas de sol. No quiero que me reconozcan por la calle, que me pidan autógrafos, que me hagan fotos... Me compraré unas gafas de esas tan fashion que me oculten la mitad de la cara. Pero entonces seguro que piensan que quiero ocultar algo, y esos malditos periodistas se inventarán un pasado, me buscarán algún ligue y me quedaré sin vida privada.

Malditos chicos, incluso desde la acera de enfrente me están gritando improperios. La gente me mira. Necesito llegar cuanto antes. Y no pasa ningún taxi. Seguramente está todo preparado, han interceptado todos los taxis libres para que yo tenga que ir andando por narices. Me pregunto para quién seré tan importante y cuál es la misión que desempeño en esta obra de teatro que es la vida. Porque soy la protagonista, obviamente. Creo que estoy dentro de algún complot organizado para destruirme. Y todo el mundo está compinchado contra mí. La gente no sabe actuar, deberían dejar de mirarme, disimular, pero no pueden. Por eso me doy cuenta de que esto es un contubernio judeo-masónico para hacerme callar, para hacerme desaparecer. Pero no lo conseguirán.

¿Ese coche blanco no es el mismo que estaba aparcado al lado del portal cuando salí del dentista? Sí, es el mismo. ¿Y qué hace aquí? ¿Me estará siguiendo? Mierda, seguramente me han implantado un chip en la muela del empaste y me están siguiendo por satélite. ¿A quién podría recurrir para que me lo quitaran? Ahora ya no estoy segura de nada ni con nadie. Me tienen acorralada. El coche me sigue, ha aminorado la marcha, me pegaré a la pared para que no me puedan secuestrar. No, podrían secuestrarme si quieren. Podría echar a correr, intentar buscar una calle que sea dirección prohibida y por donde no puedan entrar. Pero si me pongo a correr llamaría demasiado la atención.

Un coche de policía. Tengo que buscar un coche de policía y pedirles que me escolten hasta mi casa. Pero que lo hagan disimuladamente. Me acercaré a ellos y mientras les cuento mi problema moveré los brazos como si estuviera pidiendo indicaciones de alguna calle. Así la gente que me mire no sabrá de qué va exactamente la conversación. A no ser que en el dentista, además del microchip con el gps para localizarme, me hayan implantado también un micrófono y me puedan grabar todas las conversaciones. Dios mío, ¡creo que me voy a volver loca!

Al final de la calle hay un policía, me acercaré a él. Está dirigiendo el tráfico, pero seguro que me atiende. Ese señor sentado en el banco dándole de comer a las palomas también me está mirando. Seguramente sea un espía, un agente disfrazado. Estoy rodeada, no puede ser, no tengo escapatoria. El policía es mi única esperanza...

-Disculpe, señor, ¿me podría ayudar?

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