6.6.06

Menos 5 (Estela)

Hay que reconocer que soy una mujer metódica. Muy metódica. Desde pequeña siempre supe lo que quise y me tracé un plan para conseguirlo. Y lo he conseguido. Soy rica y cinco años más joven.

La historia comenzó la misma noche de mi decimoctavo cumpleaños. Esa noche la iglesia de mi pueblo ardió. Con la iglesia en llamas perdimos no sólo el lugar de reunión de los domingos, sino también el archivo que guardaba todas las partidas de bautismo, bodas, comuniones y defunciones. También perdimos a don Matías, el cura, que se había quedado dormido en el confesionario después de vaciar la tercera botella del vino reservado para las misas. Y Berta, mi prima, perdió la virginidad con Jeremías, el dueño del bar, a quien eso de que el bar se quedara vacío a las diez de la noche de un viernes le debió de parecer una señal divina para seducir a Berta. Y Berta, muy devota ella, hizo caso de la señal divina y se dejó seducir. Y Jeremías perdió toda la recaudación del bar, ya que el hecho de que se beneficiara a mi prima yo lo interpreté como otra señal divina para ser un poco más rica, y si mi prima era devota, yo más.

El caso es que con tanta pérdida yo encontré la solución a mi problema: si en vez de 18 años tenía 13 podría pedir asilo en el colegio de monjas de la capital, como interna, para poder salir por fin del pueblo. No hubo mucho problema. Ese año sobraban plazas y las monjas acogían chicas pensando que tal vez ingresarían más tarde en la orden. Como siempre he sido menudita no me costó pasar por una niña de 13 años. Las monjas no hicieron muchas preguntas y como la iglesia del pueblo, su archivo y don Matías habían ardido se creyeron a pies juntillas todos los datos que les di. Se creyeron eso y el dinero de Jeremías, que sirvió para pagar mi manutención los dos primeros años y el silencio de las monjas. Aproveché para cambiarme el apellido. López era muy normal, necesitaba un apellido con más fuerza, con más personalidad. Sería DeCarlo, como la actriz Ivonne DeCarlo. Y, como ella, yo llegaría a ser actriz, siempre joven, guapa. Tenía todo el futuro a mis pies.

Las primeras dificultades vinieron un año más tarde, cuando me enteré de que dos niñas de mi mismo pueblo habían solicitado plaza para el internado. Me di cuenta de que ellas destaparían el pastel, le contarían a todo el mundo que no tenía catorce años sino diecinueve, que no me llamaba Berta DeCarlo sino Berta López y que mi padre, según mi versión un aguerrido marinero italiano, no era otro que un hortelano simplón que vivía a las afueras del pueblo.

El hecho de tener un pasado que pudiera hablar de mí no se me había planteado como un problema. Pero ahora me daba cuenta de que sí lo era.

Un viernes me escapé del internado, llegué a mi pueblo y le conté a todo el mundo que trabajaba como guía turística en Francia, y que había preparado una excursión por los alrededores con todos los niños del pueblo, unos doce en total. Entre ellos, las dos niñas que podían poner en peligro mi glorioso futuro.

En ese momento, guiando a los niños por el campo, me sentí como el flautista de Hamelin. Les iba contando historias, les iba encantando como hacen las serpientes de cascabel para que me siguieran sin rechistar. Me encargué de que ninguno marcara el camino (ni con guijarros ni con miguitas de pan emulando a Pulgarcito) para evitar que pudieran volver. Dimos vueltas, atravesamos riachuelos, subimos colinas, bajamos a un valle, entramos en una cueva y decidimos pasar allí la noche. Hacía fresco, así que encendimos una hoguera para calentarnos. La madera estaba verde. Ellos estaban cansados. No me costó que se quedaran dormidos pronto. Salí y tapé un poco la entrada. El dióxido de carbono hizo el resto.

Volví al internado, sin pasar por el pueblo. El siguiente paso en mi trayectoria hacia la fama era encontrar un trabajo como actriz. Por las tardes me recorría los teatros de la ciudad pidiendo trabajo, ya fuera de modista o de actriz. Entré como limpiadora en uno de ellos. Durante las obras me quedaba en la sala y me aprendía los diálogos de memoria. Luego, en uno de los camerinos, delante de un espejo, declamaba la obra completa. Mi oportunidad surgió con la llegada de Rodrigo, un actor segundón que se enamoró de mí.

Romance corto y gestación, en principio, normal. 8 meses más tarde y con una barriga que hacía las veces de bandeja del desayuno, me casé. De blanco y por exigencias del guión, ya que la boda tuvo lugar durante el estreno de la obra "La novia tardía". Así nos evitamos pagar al cura (que además de cura era actor), pagar el vestido de boda (que si hubiera sido por metros de tela, podría haber cosido tres) y pagar las invitaciones para los amigos. La obra fue todo un éxito, porque yo me emocioné tanto o más que lo que pedía el guión, el público se emocionó conmigo y la ovación final salió en la portada de los periódicos locales del día siguiente. El único problema es que al día siguiente rompí aguas y no pude acudir a la siguiente actuación. Me despidieron. Perdí el papel y con el disgusto perdí al niño. Después de 8 meses y toda la ilusión del mundo me quedé sola. Rodrigo siguió de gira con la troupe y yo me quedé en la ciudad, convaleciente.

Pero no hay mal que por bien no venga. La fama momentánea de Berta DeCarlo en el estreno había llegado a oídos de Benjamín, un joven banquero enamorado de mi historia (de la que se habían inventado los periódicos), y vino a visitarme al hospital. Me contó sus ganancias y yo le conté mi doble pérdida: el bebé y Rodrigo. Unidos por el destino huimos a Filipinas, de donde era su abuelo. Pero allí no quedaba nada del esplendor colonial, así que nos volvimos, un poco más callados y un poco más tristes. Pero casados.

Comenzamos una nueva vida, mi marido trabajando como banquero; yo, ayudándole a gastar su dinero.

Ya empezaba yo a notar el paso de los años, aunque siempre que me preguntaban decía mi edad menos cinco. Pronto me enteré de novedosas técnicas de cirugía estética, contacté con prestigiosos médicos y fui rejuveneciendo hasta aparentar la edad que todo el mundo creía que tenía.

Y ahora tengo un perfil monísimo, pero no puedo mover mucho los músculos de la cara. El botox no es tan buen amigo como yo pensaba. Además no puedo vocalizar bien porque mis carnosos labios de silicona (a juego con mi pecho) están demasiado abultados. Al menos los pómulos me han quedado bien, y la papada ha desaparecido. Lo único que sigue igual que siempre es el amor ciego que siente Benjamín por mí y que alimento a base de achuchones, cariñitos, atenciones y palabras dulces, y que se traducen en una tarjeta de crédito sin límite que utilizo siempre que puedo.

1 comentario:

amelche dijo...

¡Madre mía, qué cosas se te ocurren! Los tres últimos posts los noto como más irónicos y surrealistas. Un abrazo:
Ana