27.3.07

Mi fantasma Remigio (Sonia)

Remigio es mi fantasma. Es muy mayor, rondará los 15 años como fantasma, aunque a esos años de profesión hay que añadirle los 83 que tendría cuando falleció.

Remigio está un poco deprimido. Y enamorado. Por eso sigue de fantasma en la Tierra: está esperando a que su esposa fallezca para poder partir con ella.

Yo cuido de él porque me da mucha pena. Y porque no come y no gasta y no se ensucia. Es mejor que un abuelo de verdad y que una mascota. No, no soy cruel, soy realista. Y soy una persona sola que necesita compañía. Desde que me vine a investigar el ciclo de vida del molusco gasterópodo eutineuro pulmonado estilomatóforo helicido, o lo que es lo mismo: del caracol europeo marrón, me siento muy sola. Y es que este molusco está en peligro de extinción y ahora sólo se encuentra en una pequeña comarca de Teruel (que sí, que existe, os lo juro). Me han cedido la casa del antiguo maestro de un pueblo donde, sin contarme a mí y a Remigio, habitan tres personas más: una de ellas, la viuda de Remigio, está loca perdida y se pasea en camisón por las calles para atraer la atención de los otros dos hombres, uno de ellos ciego y el otro sordo. Además compartimos calles con dos burros (éstos no se han extinguido); siete gallinas; dos perros comidos por las pulgas; infinidad de gatos; una vaca (propiedad de la loca y a la que yo ordeño todas las mañanas para tener leche) y un loro pelado. El loro habla. Dice las barbaridades que aprendió de su antiguo dueño, un terrateniente que se hizo las américas y volvió al pueblo con una mulata, dos niños, un coche y un loro que perdió las plumas por el estrés del viaje en transatlántico. Un domingo por la mañana, durante la misa, se fue la mulata con el cartero que venía al pueblo todos los días (y que ya no volvió más, así que el pueblo dejó de recibir correo). El indiano se volvió loco y su vocabulario se redujo a palabras y frases malsonantes y soeces. Y el loro se las aprendió todas. Y no las ha olvidado, qué tío. El caso es que un buen día, años más tarde, el hombre desapareció del pueblo con sus hijos y su coche, olvidando tras de sí al pobre loro pelado.

Volviendo a la historia: Remigio lo pasa fatal por culpa de su mujer. Ella enloqueció cuando él murió. Claro que la culpa fue de mi fantasma que, obsesionado por volver a contactar con ella, se le aparecía en cualquier ocasión y en cualquier lugar: en el baño, durante el desayuno, cuando iba por la calle, en misa, mientras ordeñaba la vaca, cuando se acostaba, mientras cocinaba, al levantarse... Sólo ella era capaz de verle y al final acabó obsesionándose tanto que terminó viéndolo en el rostro de todos los hombres del pueblo (que por aquel entonces serían unos 7). Claro, los hombres del pueblo la respetaban y ella se pensaba que era su marido quien la respetaba, es decir, el que no le hacía caso. De ahí su obsesión por llamar su atención, llegando incluso a pasearse en ropa interior por delante de las casas de sus vecinos con el fin de atraerlos y volverlos a enamorar. Pobre Virtudes, loca perdida por las desiertas calles del pueblo, intentando encandilar a los dos hombres que quedaban y que ella confundía con su difunto esposo.

Remigio me acompaña la mayor parte del día. Su corazón fantasma se había roto en mil pedazos al ver cómo se había deteriorado su mujer. Y es que se daba cuenta de que había sido su insistencia en aparecerse ante ella lo que la había hecho enloquecer. Ahora ya sólo la acompaña por la noche, cuando se acuesta. Se tumba en la cama, junto a ella, le toma la mano y vela su sueño. Sabe que durante esas horas Virtudes vuelve a ser su mujer. Le susurra cosas al oído, recordando su vida juntos, para que ella, al menos durante el sueño, vuelva a estar con él. Sólo con él.

Remigio me da pena. Está triste y algunos días ulula como sólo los fantasmas saben hacerlo, gritando su dolor. Y yo le hago entrar en casa, le siento junto al fuego y le pido que me cuente historias, cuentos al amor de la lumbre, como el típico abuelo que narra su vida. Y mientras habla se olvida de que es un fantasma, de que su mujer está sola y loca. Y yo me olvido de que estoy sola también, de que aquí no hay teléfono ni llega el cartero (que seguirá viviendo con la mulata), de que los otros tres habitantes del pueblo no son más que meros personajes de una historia triste y fría. La lumbre y las historias y la compañía de Remigio son las únicas cosas que hacen mi vida un poco más llevadera, rodeada de caracoles que ven pasar la vida despacio. "Demasiado despacio", como dice Remigio.

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