Me puso el contrato encima de la mesa. Me miró a los ojos y, sonriendo, desenroscó el capuchón de la pluma MontBlanc, ofreciéndomela, en una clara invitación a la firma. A pesar de que una fuerza extraña me empujaba a rubricar aquel papel sin haberlo leído antes, el extraño brillo de sus ojos me hizo dudar un segundo. El gesto de mi mano en dirección a la pluma se congeló en el aire y su sonrisa se torció. ¿Qué pasa? ¿Tienes alguna duda? Su voz era grave y atractiva, calmada, hipnótica.
La habitación, pintada de granate e iluminada por una moderna lámpara de pie que dejaba a oscuras las paredes más alejadas de nuestra mesa, era espaciosa y minimalista. Además de la gran mesa de despacho, los sillones y la lámpara sólo se podía apreciar una estantería llena de carpetas negras. No había cuadros ni ventanas. La puerta estaba cerrada.
En ese momento me di cuenta de que no sabía exactamente cómo había llegado allí. Tampoco tenía muy claro quién era el hombre sentado frente a mí. Ni sabía qué es lo que había estado a punto de firmar sin leer. Me sentía un poco mareada. Volví a mirar al hombre, que había relajado su postura apoyándose en el respaldo del sillón. Seguía sonriendo, aunque sus ojos brillantes ahora estaban serios. Un escalofrío recorrió mi espalda. Lo único que se me ocurrió fue coger el contrato que tenía sobre la mesa y leerlo. Al acercar la mano a la hoja de papel el hombre puso la suya sobre la mía y me paró. ¿Quieres volver a leerlo? ¿Hay algo que no te haya quedado claro? Otra vez esa voz hipnótica. Le miré a los ojos y vi tanta oscuridad, tanto vacío, que sentí miedo. No sé cómo conseguí que me saliera la voz para decirle que no sabía qué tenía que firmar. Él seguía reteniendo mi mano firmemente, pero sin hacer fuerza. Un sentimiento de angustia se empezó a apoderar de mí. Me faltaba el aire, necesitaba salir de esa habitación, desaparecer de esa mirada penetrante y fría que me invadía en mi intimidad. Intenté levantarme pero él me sujetó con fuerza la mano y no me atreví a moverme. Con delicadeza volvió mi mano, me puso la palma hacia arriba y me hizo coger la pluma. Mírame a los ojos. Quieres firmar, lo sabes, tú me lo has pedido. Yo sólo estoy aquí cumpliendo tus deseos. Esa voz hipnótica que anulaba mi voluntad, otra vez. Hice lo que me pedía, le miré a los ojos. En la habitación no había nada más que esa mirada. Desapareció todo: paredes, mesa, sillones, estantería, luz. Ni siquiera estaba él, ni siquiera yo. Sólo había una mirada. Había firmado.
Y había vendido mi alma al diablo, un contrato sin retorno, un vagar por la inmensidad del mundo sin ningún propósito real en la vida. Sin posibilidad de disfrutar, sin posibilidad de reír. A la espera de que él me necesitara. Ahora lo entendía todo. Y cuando digo todo, me refiero a "todo". Ya no hay secretos en este mundo para mí. Entiendo a la gente, sus motivaciones, sus secretos, su forma de pensar y actuar. Pero no me sirve de nada porque no me puedo comunicar con ellos, sólo puedo saber quién será, como yo, lo suficientemente frágil como para dejarse engatusar y firmar un contrato... el Contrato. Mi nuevo trabajo al servicio de Lucifer.
1 comentario:
Apareces de repente con dos saludos, una mirada y una invitacion a leer tu blog...entras en mi cabeza con la historia de Marina, alma vendida al Diablo por Dios sabe que compensacion, y de la misma manera apareces cada mañana a la hora del cafe. ¿eres tu la que escribe o es este pequeño ser que se mueve sin hacer ruido, sin dejar rastro, sin levantar la voz?. Cuando se cierra la puerta detras de ti, ¿te transformas, desaparece todo como en la habitacion de Marina y os quedais a solas el Diablo y tu?...
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