14.1.06

Sorpresa (Fátima)

Mi nombre es Fátima. Soy hija de madre soltera. A pesar de haber nacido en Saigón y haber pasado allí mi primer año de vida, mi madre decidió llamarme Fátima. Nunca conocí a mi padre y mi madre nunca ha querido hablarme de él. Sólo una vez me confesó que le conoció en el hotel donde ella trabajaba como contable. Él era un cliente que había venido a un congreso. Fue una semana llena de amor, vivieron una historia con planteamiento, nudo y desenlace. Pero el desenlace llegó nueve meses más tarde y mi madre hacía 8 que no le había vuelto a ver.

En un país extranjero, sin más familia que su hija de apenas un año de edad, mi madre se sentía sola. Preparó todo para la vuelta a España. Mi infancia fue feliz, tenía amigos en el colegio y en el hotel en el que vivíamos y donde mi madre trabajaba ahora. Ella no se llegó a casar aunque siempre tenía algún novio que la adoraba.

Cuando llegó la hora de entrar en la universidad, decidí estudiar Económicas. Pero la universidad que yo había elegido no estaba en nuestra ciudad, así que por primera vez en mi vida, mi madre y yo nos separamos. Comencé mis estudios en una nueva ciudad, viviendo en una residencia de estudiantes. Allí conocí a Naguib. Él era de Casablanca y había venido a España a estudiar Arquitectura. A pesar de ser un año menor que yo, había adelantado un curso. Era muy inteligente. En menos de un mes ya nos habíamos acostado, y a los tres meses yo estaba desesperada al darme cuenta de que estaba embarazada. Decidimos ir a ver a mi madre y pedirle consejo.

Nunca olvidaré la cara blanca de mi madre al abrir la puerta. Su sonrisa se congeló y empezó a temblar. Naguib y yo nos apresuramos a sujetarla y la llevamos hasta un sofá para sentarla, antes de que se desmayara. Yo me asusté mucho. Mi madre siempre ha sido una mujer fuerte y nunca la había visto así. Al poco volvió en sí. Naguib estaba en la cocina preparando té y yo estaba a solas con mi madre. Me preguntó quién era él. Dónde le había conocido. Le conté la historia. Ella seguía temblando y su rostro tenía un color ceniciento que la hacía parecer diez años más vieja. Cuando llegó Naguib con el té y los vasos, mi madre le pidió que se sentara. A esas alturas, yo había olvidado ya la razón que nos había guiado hasta la casa de mi madre. Sentía que algo malo se avecinaba.

--Naguib, dime --dijo dirigiéndose a él--, ¿de dónde eres? ¿a qué se dedican tus padres?

--Soy de Casablanca. Mi padre es arquitecto y supongo que ha sido su pasión por su trabajo lo que me ha impulsado a estudiar lo mismo. Soy el mayor de dos hermanos. Mi hermana, Zainab, todavía está en el colegio. Mi madre es ama de casa.

Mi madre no había apartado la mirada de él un solo segundo, sus ojos seguían cada movimiento que Naguib hacía con las manos o con la cabeza. Yo no entendía nada, pero intuí que esa conversación no iba conmigo. Mi madre siguió preguntando.

--Y dime, Naguib, ¿cómo te apellidas? ¿Habías estado antes en Europa? ¿Viajas mucho con tu familia?

--Ehh, me llamo Naguib Inaba --su rostro parecía confundido ante tal batería de preguntas. Mi madre no le quitaba los ojos de encima--. Bueno, mi padre viaja a menudo debido a su trabajo. Nosotros le hemos acompañado en alguna ocasión, pero a mi madre no le gusta viajar, así que la mayoría de las veces viaja él solo.

Naguib me lanzaba miradas confusas. Habíamos ido allí porque yo estaba embarazada, se lo habíamos dicho por teléfono a mi madre y sin embargo ella no me había preguntado siquiera qué tal estaba. Sólo tenía ojos y preguntas para Naguib. Decidí que era el momento de afrontar el problema que nos había llevado hasta allí. El tiempo pasaba y era tiempo lo único que a mí no me sobraba.

--Mamá, escúchame, tengo -tenemos- un problema. Necesito que nos ayudes.

--Fátima, cariño, creo que antes he de contaros algo. Es muy importante. Hace 19 años, cuando yo todavía trabajaba en Saigón, conocí a tu padre. Él estaba en el hotel debido a un congreso que tenía lugar aquellos días. La primera noche de su llegada nos pasamos horas y horas hablando en el bar del hotel. Esa misma noche los dos sabíamos que nos habíamos enamorado. Nos vimos durante toda esa semana y exprimimos los días hasta sacarle 30 horas a cada día. Sabíamos que no había futuro posible, puesto que él se había casado hacía poco y vivía en el otro lado del mundo. Los dos lloramos cuando nos despedimos. Al principio las cartas y las llamadas eran continuas. Yo estaba embarazada de ti y decidí que quería tenerte, iba a estar sola, pero tú eras el fruto del amor correspondido más grande que jamás he sentido.

>>Tu padre siempre estuvo al tanto de tu crecimiento y alguna vez vino a España a visitarnos. Es una de las razones por las que volvimos, para estar más cerca de él. Pero él no es español, es marroquí. Nos visitaba una vez al mes o así. Te quería con toda su alma, pero tenía una vida en Marruecos, con su propia familia, y no podía dejarles. Además, ahora su mujer también había tenido hijos.

Los ojos de mi madre estaban llorosos. El color había vuelto a su rostro y según hablaba había dejado de temblar. Tenía la mirada perdida en el infinito. Se levantó y fue hacia la cómoda del salón. Naguib y yo nos mirábamos. En el fondo intuíamos que esa confesión no era gratuita y los dos teníamos miedo. Mi madre rebuscó en un cajón y volvió con un sobre amarillo. Sacó una fotografía y nos la tendió. Naguib y yo nos quedamos sin habla. Allí, desde la estática imagen, me miraba un hombre de unos 50 años, de pie junto a una mujer muy atractiva de rasgos árabes y dos niños pequeños. La niña estaba agachada y no se le veía la cara, pero el niño me miraba sonriente con unos enormes ojos negros con pestañas de camello. Era Naguib con 7 u 8 años menos. Ninguno de los tres habló. En una décima de segundo entendimos la reacción de mi madre. Yo no me sentía nada bien, la cabeza me daba vueltas al comprender que llevaba dentro de mí al hijo de mi hermano, de mi medio hermano. Ahora el problema alcanzaba dimensiones considerables. Me sobrevino una náusea y fui corriendo al baño. Naguib salió detrás de mí, justo para cogerme cuando caía desmayada en el cuarto de baño.

No recuerdo nada más. Me he despertado en una habitación blanca, aséptica, con un gotero al lado de la cama y mi madre mirándome con cara de preocupación. Poco a poco he empezado a recordar todo y me han empezado a brotar las lágrimas. Mi madre se ha sentado a mi lado y me ha cogido de la mano.

--Llevas tres días en el hospital. El shock fue tan grande que tuviste un aborto natural. Has perdido al bebé. Pero estamos aquí contigo -me ha secado las lágrimas con un kleenex y me ha dado un beso en la frente-. Ahora vendrá Naguib.

Yo no podía hablar, sólo lloraba. Unos minutos más tarde entró Naguib. Su rostro estaba serio y triste a la vez. Pero al verme despierta sonrió y se acercó a mí. Me dio un beso en la frente.

--Somos hermanos -me dijo-. Mi padre, tu padre, está en la sala de espera. ¿Quieres conocerle?

--Dejadme 15 minutos a solas, por favor.

Y ahora estoy aquí, sola, más sola que nunca. Intentando pensar y sin conseguir hilar pensamientos coherentes. He perdido a mi bebé y a mi novio y he encontrado un hermano y un padre. Ahora le conoceré. Mi vida ha cambiado tanto que no sé qué será de mí de ahora en adelante. ¡Todo es tan confuso! Oigo pasos, creo que mi padre está a punto de entrar.

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