4.1.06

De entierros (Laura)

Esto de ser atea y tener que asistir a los entierros católicos no me hace mucha gracia. Se ha muerto el primo de mi abuelo. A ver quién es capaz de decirme exactamente en qué me tocaba. ¿Tío abuelo segundo mío? No le conocía. Lo único que sé de él es que ha conseguido llegar a la edad de 108 años y que no estuvo casado jamás.

Lo que más odio de este tipo de eventos sociales es la cantidad de comentarios inútiles que se escuchan. La señora esa, no sé qué será mío, se ha pasado medio velatorio diciéndome entre hipidos lo bueno que era y lo mucho que me quería... ¿? ¡Pero si no me conocía! Yo la miraba, asentía con la cabeza e intentaba escapar, pero ella me agarraba del brazo y me seguía hablando. Desconecté. Me puse a mirar a todo el mundo. Todos eran gente mayor, apenas dos chicos poco mayores que yo acompañando, sin duda, a sus padres o cualquier otra persona supongo que emparentada con el muerto. Todos se hablaban, hipaban, las señoras lloraban con pañuelos bordados sobre las narices. Y mientras, como si con él no fuera la cosa, el ataúd abierto en un rincón de la sala. Por el morbo me acerqué, pero en el último momento no fui capaz de asomarme a "darle el último adiós". Siempre que he visto un muerto me ha dado la sensación de que tenía las aletas de la nariz demasiado abiertas, como si se le hubieran dado de sí en la última inspiración. Qué mal rollo.

Afortunadamente llegó la hora de la misa. La señora que me hablaba me había adoptado cual nieta pródiga y no se despegaba de mi brazo, así que me las tuve que ingeniar para soltarme de ella. No estaba dispuesta a hacer de hermanita de la caridad durante todo el funeral. En la puerta de la iglesia me hice la remolona, como si estuviera esperando a alguien y cuando todo el mundo estuvo dentro, incluida la caja con el muerto, yo aproveché para tomarme un café en el bar de enfrente. Cuando vi que la gente empezaba a salir yo me coloqué en la puerta, para que mi abuelo, que no me traga, me viera allí y no le fuera con el cuento a mis padres de que paso de la familia y que menuda representante de ellos soy. En fin. Porque quiero a mis padres y el muerto era el padrino de mi madre, que sino...

Coche al cementerio. Puesto de flores. Creo que a la salida me compraré un ramo de margaritas de colores para mi casa. Ahora no lo cojo porque me obligarían a dejarlo en una tumba. Me puse a deambular por el cementerio. Qué curioso la de tumbas con lápidas rotas que hay. Y la de historias de muertos vivientes que me vienen a la cabeza, la de perros que habrán sido felices al encontrar uno de estos agujeros, la de piernas rotas que se habrán llevado algunas devotas ensimismadas en sus rosarios. Por ir pensando en mis cosas casi me pierdo en el laberinto de estatuas, panteones y lápidas. Pero llegué. Casi estaban terminando, iban a meter la caja en el nicho del panteón. Mi abuelo dejó una flor junto a la caja. Nunca pensé que pudiera tener un lado humano, y sin embargo ahí estaba, con los ojos llorosos y dejando una flor junto a su primo. En fin. Sorpresas te da la vida.

Gente que empieza a desfilar y dos chicos con su mono azul y el pañuelo asomando de un bolsillo comienzan a preparar el cemento. Uno de ellos silba. La gente todavía tiene lágrimas en los ojos. Y yo me maldigo por no haber traído la cámara de fotos. Hacen su trabajo rápido, con precisión. Ladrillos y cemento, luego una capita para alisar la pared y listo. Ya pondrán la lápida en cuanto la tengan hecha. Porque se ha muerto así, de repente. Claro, yo nunca me lo esperaría de un hombre de 108 años. Quién pensaría que quiere morirse, ¿no?

1 comentario:

Anónimo dijo...

Con el tiempo he conseguido pasar de obligaciones sociales. Como dice Michael Douglas en "The Game": "Hay que conocer la reglas sociales para poder saltarselas tranquilamente"
Sólo he ido a un entierro, hace años, la madre de un amigo...no creo que vuelva a otro.

Johnny