Viajar es imprescindible y la sed de viaje, un síntoma neto de inteligencia.
Enrique Jardiel Poncela.
Al principio viajaba con la excusa de pasarlo bien o de conocer sitios. Estudié periodismo y me especialicé en reportajes de naturaleza y viajes, así tenía otro motivo más para viajar: trabajo. Normalmente respondía un "yo viajo para conocer lugares lejanos", "me gusta viajar para probar nuevos sabores, conocer nuevos olores y disfrutar de nuevos colores", "viajo para evadirme", "viajo para documentar mi trabajo", "cuando viajo conozco gente nueva y costumbres diferentes que me hacen mejorar y crecer como persona". Esas respuestas y mil más daba cada vez que alguien me preguntaba. Y es que no ha habido vez que haya pasado más de un mes sin hacer una escapada a cualquier parte del planeta. Tengo suerte de haber recibido una buena herencia y de tener un trabajo que me lo permite.
Mi pasión por los viajes nació cuando era pequeña, gracias a los libros de aventuras y de ciencia ficción. Julio Verne, Daniel Defoe, Jack London... todos ellos encendieron mi necesidad de moverme, de buscar aventuras y lugares exóticos. Conocí a mi marido en la India, su piel aceitunada y su profunda mirada me cautivaron. Su deferencia y su simpatía me enamoraron. Su don de lenguas y la pasión por los viajes le hacían el compañero perfecto. Con él he recorrido más de medio mundo, pero yo nunca me sentía satisfecha y siempre necesitaba más: más lugares, más climas, más colores, más culturas. Mi marido llegó a cansarse de tanto viaje, hubo un momento en el que dejó de acompañarme y yo volví a disfrutar de la soledad de cenar al atardecer frente a las cataratas Victoria, tomar un café en la plaza Staromestske de Praga, de pasear por las calles de Manhattan, de fotografiar los colores de Turquía...
Pero ahora ya no viajo. Un día cualquiera, hablando con mi marido, me di cuenta de que mi afán por viajar se reducía a un solo motivo. Nada tenía que ver el descubrir nuevos lugares, conocer milenarias culturas, saborear diferentes gastronomías o vivir excitantes aventuras. Todo se reducía a la necesidad de encontrarme a mí misma. Todos estos años lo único que perseguía era hallar mi lugar en el mundo, conocer la razón por la que estoy aquí, por la que amo a quienes me rodean, por la que seguía sin encontrarme a gusto en un lugar fijo. Y, ahora, ya la sé. Nunca me había parado a pensar que aquí, junto a mi marido, tengo todo lo que necesito, mi casa, mi hogar, mi amor. Pero también es verdad que si no hubiera viajado, si no hubiera caminado por todo el mundo, yo no sería así y jamás le habría conocido. Pero ahora ya lo tengo, no necesito buscar más. Soy feliz.
5 comentarios:
Interesante reflexión.
Realmente te ha salido muy bien, muchas gracias.
No obstante creo que yo no necesité viajar tanto para descubrir donde estaba mi sitio...
¿Estás de viaje? A ver si te inspiras para contarnos nuevas historias. Te dejo una cita de "Niebla", de Unamuno:
"La manía de viajar viene de topofobia y no de filotopia, el que viaja mucho va huyendo de cada lugar que deja y no buscando cada lugar a donde llega." Tiene que ver un poco con tu historia.
Viajar, dijo Baroja, es la manera de vencer la enfermedad del nacionalismo.
Muy bonita historia. Yo creo que Manuela se hizo a si misma en sus viajes. De cada lugar del mundo se llevaba un trocito que incorporaba a su equipaje personal. En la vida sucede como en los viajes, en cada estación que paramos, cada persona que conocemos deja su impronta en nuestra personalidad. La persona que no ha viajado le cuesta perdonar, respetar y tolerar porque se piensa el centro del mundo, cuando en realidad solo es una abeja más en el gran enjambre humano. Si conociera a otros, se daria cuenta de que sus inquietudes y preocupaciones son en realidad las mismas, y sería capaz de elevarse por encima de si mismo para alcanzar un grado de consciencia universal.
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