De vez en cuando abro la caja de hojalata y miro las fotos viejas que guarda. La caja contuvo alguna vez manzanilla y todavía se ven los dibujos de "La leonesa" impresos en ella. Las fotos las guardó allí mi abuelo. Cuando era pequeña me sentaba con él en la biblioteca de casa y, de una en una, las iba sacando y, antes de colocarlas pulcramente sobre la mesa, me hablaba sobre la historia que contaba cada una. Su voz era profunda, firme. Sus narraciones tenían toda la magia y el misterio de los cuentos de las mil y una noches, de las historias de espías y de los relatos de amor. A lo largo de los años las fotos eran las mismas, pero las historias iban mudando. Cada vez introducía un detalle nuevo que daba una dimensión distinta a la narración. Y yo me aprendía cada historia y las recitaba mentalmente al mismo tiempo que él hablaba. Temía y a la vez ansiaba llegar al nuevo detalle que introduciría en el relato. ¿Y fue ella quien te mandó la carta con la que sales en la foto? Aventuraba yo con la impaciencia propia de los niños que quieren saber el final sin haber escuchado la historia completa. ¿Es ella quien te gustaría que fuera? Pues bien, no fue ella, sino su hermana. Y con un guiño y una sonrisa continuaba la historia a partir de ese punto, añadiendo detalles suculentos para mi hambrienta imaginación.
Tal vez sea esa la fotografía a la que más cariño le tengo. Aparece mi abuelo, muy joven -unos dieciocho años- y apuesto, con un bigote bien poblado para su edad, muy negro, y unos ojos oscuros que miran directamente a la cámara. Está en un estudio fotográfico, lleva un elegante traje que siempre fue el modelo con que yo vestía los príncipes en mi imaginación. Está de pie, muy tieso, con una carta en su mano derecha, medio escondida en la manga del traje, como si el fotógrafo le hubiera pillado desprevenido y no hubiera podido dejarla en algún sitio, y ahora, avergonzado, intentara ocultarla del objetivo. En realidad él quería salir con la carta porque era la primera que mi abuela le había enviado mientras él estaba en el frente. Estaba en Madrid por aquélla época, así que pidió un traje prestado y se fue a hacer la foto para enviársela a mi abuela junto con una carta donde le pedía que le esperase, que en cuanto volviera se casaría con ella. Y mi abuela esperó.
Ahora mi abuelo ya no está y soy yo quien mira las fotos, rememorando las historias de cada una, añorando la voz profunda de mi abuelo, su presencia. Siempre se dirigía a mí por mi nombre de pila. Valentina-me decía. El nombre de mi abuela. Ella murió cuatro meses después de dar a luz a mi padre. Mi abuelo quedó viudo y destrozado por la pérdida del que sin duda fue y sería el amor de su vida. Nunca volvió a casarse, pero se volcó en su hijo todo lo que pudo. Al volver del trabajo como gerente de la fábrica de cigarros, siempre acudía a rescatar a mi padre de los brazos de las niñeras que había contratado para su cuidado. Le mandó con buenos profesores particulares y más tarde a un buen colegio. Cuando mi padre se casó mi abuelo sufrió mucho, pues significó para él una segunda pérdida. Estaban muy unidos. Pero pronto nací yo. Una niña, la alegría de mi abuelo, a quien el pelo se le había vuelto blanco tras el paso de los años.
Fue él quien me recogía a la salida del colegio, quien me daba la merienda -una rebanada de pan y un buen trozo de chocolate- y quien me contaba tantas y tantas historias maravillosas que me mantenían encandilada toda la tarde, ignorando la televisión e incluso los juegos con el resto de los niños del parque. Mi abuelo era mi mejor amigo, y yo era su mayor tesoro. Fue él quien me enseñó el respeto por las personas mayores, el amor al pasado para comprender el presente y dirigirnos con paso firme hacia el futuro. Fue él quien sembró en mí la semilla de la curiosidad hacia las cosas, del afán por estudiar y leer.
Y ahora, 20 años más tarde, cada vez que siento que el mundo no tiene ningún sentido, abro la caja de hojalata y rememoro las historias que me contaba mi abuelo. En esos momentos un silencio reverencial se instala en la habitación, y con él, la memoria de mi abuelo, todo lo que él me enseñó. Todo lo que le echo de menos.
Yayo, te quiero.
2 comentarios:
Adorable :)
:*****
Tu escribes muy bien. Yo escribo como puedo. Pero hay una cosa en común. Queremos a nuestros abuelos, aunque ya no los tengamos tan cerca como nos gustaría.
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