25.1.07

Cuando los planes fallan (Carol)

La historia comenzó cuando conocí a Jorge. O, más bien, cuando me habló de su novia. Llevábamos dos meses quedando esporádicamente, como dos amigos que se llevan muy bien y que van intimando poco a poco, contándonos nuestras cosas, nuestros sueños. Pero nunca me había hablado de su novia. Estaba claro que entre nosotros había química. Se notaba. Pensé que si él no se había atrevido a besarme era porque en el fondo no encontraba la ocasión, no se atrevía, no sé. El caso es que un día decidí lanzarme yo.

Y según me lancé él me paró: Tengo novia. Vaya, no me lo habías dicho. Ya, es que no sabía cómo hablarte de ella sin que quedara demasiado brusco... me gustas, pero nunca engañaría a mi novia, lo siento. No pasa nada, lo entiendo... bueno, entiendo que no quieras engañar a tu novia, no que no me lo contaras antes. Ya...

Yo estaba dolida, me gustaba Jorge. Mucho. Y no podía soportar la idea de que tuviera novia. Tomé la determinación de romper esa relación.

Me chocó mucho que Jorge me dijera que sí le había hablado de mí a su chica y que ella había insistido en conocerme. Así que un día quedamos los tres. El viernes siguiente fuimos a cenar a un chino y después nos fuimos de bares. La verdad es que Lucía era un encanto y enseguida congeniamos. Jorge se tuvo que ir pronto porque tenía guardia ese fin de semana y el sábado entraba temprano a trabajar, así que Lucía y yo nos quedamos hasta la madrugada de fiesta. Durante unas horas olvidé mi propósito de romper aquella relación, pero al final de la noche, medio borracha, acabé contándole a Lucía lo que sentía por su novio.

Ella me abrazó cuando yo comencé a llorar, un poco por culpa, otro poco por vergüenza y un mucho por el alcohol. Me acunó y me dijo que no me preocupara, que ella no dejaría a Jorge, pero que podría quedar con ellos cuando quisiera y que además se fiaba y no me impedía volver a quedar a solas con él. El día siguiente apenas pude pensar debido al tremendo dolor de cabeza que me martilleaba las sienes, pero imaginé un plan perverso que debía llevar a cabo si quería estar realmente con Jorge. Y es que, por muy bien que me cayera Lucía y todo lo comprensiva que ella quisiera ser, yo seguía pensando en Jorge.

Llamé a Lucía y la invité a tomar café. Era un domingo espléndido de abril. Aunque todavía hacía un poco de frío, el sol resplandecía y alegraba el paseo. Nos acercamos al templo de Debod caminando, hablando tranquilamente. Nos sentamos en un banco y allí le confesé que me lo había pasado muy bien el viernes y que me avergonzaba de mi comportamiento, de mis lloros. Ella me rodeó con un brazo y me plantó un beso en la mejilla, riendo. No seas tonta, que no pasa nada, si es que Jorge es un sol, ¡es normal que te guste!

Mi plan iba tomando forma, se iba concretando: tenía que ligarme a Lucía, hacer que dudara de lo que sentía por Jorge para que le dejara. Su familiaridad me daba la oportunidad de poder acercarme a ella, de poder abrazarla, de dejarme abrazar. Pasó el tiempo. Yo seguía quedando con Jorge como antaño, pero nunca intenté nada, no tenía prisa, y tampoco quería que por un desliz todo mi plan se viniera abajo. Hablábamos de Lucía, de lo increíble que era. Cuando Lucía salía con nosotros (o yo con ellos) las noches eran más divertidas todavía.

Un día, después de dos meses y medio, Lucía y Jorge me invitaron a pasar un fin de semana en una casa rural. Resulta que iban con otra pareja, pero les había fallado y les sobraba una habitación. Yo seguía -obviamente- sin pareja, así que fui sola. Se presentó la ocasión propicia para dar el paso definitivo de mi plan cuando llamaron a Jorge desde el trabajo. Una urgencia: tenía que volver y probablemente pasar el fin de semana en la oficina.

Perfecto.

Lucía y yo nos quedamos solas. Cenamos con vino, hablamos, reímos y cuando ella se fue a dar un baño antes de acostarse, yo entré y me senté al lado de la bañera. Me ofrecí a lavarle el pelo. Una cosa llevó a la otra y al final acabamos durmiendo juntas. Excepto dos o tres besos y alguna que otra caricia, no pasó nada más. Pero a la mañana siguiente ya no éramos las mismas. El día transcurrió más o menos tranquilo, hicimos una excursión que teníamos programada y al caer la noche se volvió a repetir el ritual del baño. Y esta vez sí hubo besos, y más caricias, y más intimidad. Y el caso es que las dos estábamos muy bien, muy tranquilas.

Volvimos a la ciudad el domingo por la noche y quedamos en vernos esa semana. Nos despedimos con un beso. Y así fue como comenzamos nuestra relación. No podíamos decirle nada a Jorge. Seguíamos quedando con él, las dos juntas, a solas, pero todo había cambiado. Si antes yo me pasaba medio día pensando en él, ahora ese tiempo lo dedicaba a ella. Hablábamos por teléfono todos los días, nos veíamos a menudo. Nos asustamos de nuestra relación y de que Jorge se pudiera llegar a enterar. Un día de finales de agosto Lucía me dijo que iba a cortar con Jorge. Por fin.

Por fin estaríamos las dos solas, sin él, que se había convertido en "el tercero", "el otro". Mi plan había fracasado porque, si bien había conseguido mi objetivo (que la relación entre Jorge y Lucía se rompiera), no había contado con que yo me pudiera enamorar de Lucía (y ella de mí). Y así fue como poco a poco nos fuimos distanciando de Jorge, las dos, unidas cada día más.

1 comentario:

amelche dijo...

Ni Angela Channing habría sido tan retorcida para robarle el novio a otra. :-) Pero, al final, le salió el tiro por la culata. Aunque, la verdad es que consiguió tener pareja, que es lo que quería. ¡Qué vueltas da la vida!